ARTE Y LITERATURA. Retrato de sor Juana Inés de la Cruz, Juan de Miranda y Miguel Cabrera. Octavio Paz

“Podemos imaginarla, entre 1680 y 1690, en su celda- biblioteca tal como la pintaron Miranda y Cabrera. En el cuadro de Miranda, está de pie; sentada en el de Cabrera. La semejanza comienza por el fondo de los dos cuadros: un paisaje de libros. En el centro, una mesa; sobre la mesa, un paño; sobre el paño, un libro y un tintero; en el tintero, unas plumas. Hay otros objetos: una tijeras y, en el cuadro de Miranda, un pliego con el soneto a la Esperanza: Verde embeleso de la vida humana… Una mano a un tiempo fina y llena, blanca entre las manos blancas del hábito y sobre la blancura del papel. En el cuadro de Miranda la mano sostiene una pluma, como una paloma que levanta con el pico una rama; en el de Cabrera, la mano se apoya en un libro abierto, como una paloma que se posa en un alero. Se pueden leer los títulos de los libros de los estantes. Hay un reloj y, en el cuadro de Miranda, una redoma con un líquido verdinegro y un papel que deja ver figuras geométricas y cálculos. El paño sobre la mesa, en el retrato de Cabrera, es rojo y suntuoso. En los dos cuadros, al fondo, ricos y teatrales cortinajes.

El retrato de Miranda nos muestra a una mujer más bien alta y de unos treinta años. El hábito es elegante y cae hasta los pies pero no vela enteramente la fina cintura. La falda es de campana y termina en una orla azul pálido. En el de Cabrera la misma blancura, la misma orla, el mismo negro escapulario y la misma elegancia: los pliegues del hábito, de nuevo, subrayan y ocultan a un tiempo las piernas entreabiertas y la doblada rodilla derecha. En los dos retratos la otra mano -la izquierda- acaricia las cuentas de un rosario muy grande y que hace las veces de collar. El gesto es más galante que devoto, el medallón de la orden sobre el pecho como un escudo: la virgen poeta es también virgen guerrera. Las tocas negras cubren la cabeza con tal arte que parecen ser una melena de pelo negro o, mejor, un casco de reflejos oscuros. El óvalo del rostro es perfecto como las manos y, como ellas, redondo y lleno. La boca es sensual, carnosa; en el labio superior nace la sospecha de un bozo. La nariz, recta y ‘judiciosa’; sus anchas ventanillas acentúan la vaga sensualidad de ese rostro distante. Las cejas gruesas, negras y muy bien dibujadas: ‘dos arcos’, como ella dice. En el cuadro de Miranda los ojos son negros, grandes y redondos; en el de Cabrera son café oscuro tirando a aceituna. Pero esos ojos no nos miran: miran algo que está más allá de nosotros, algo que, al ser visto, se deshace. Miran una desaparición. La frente es vasta y pura. ¿En qué piensa?

Los dos retratos son teatrales. Sor Juana aparece entre sus libros como, en un claro del cielo, entre nubes mitológicas, las diosas desnudas o, entre los follajes de un parque, las damas de anchos sombreros de plumas. La figura de Juana Inés no evoca a la religión sino a la elegancia. El cuadro no es una ventana que nos deja ver una intimidad sino un telón que se descorre para que contemplemos una alegoría. El cuadro es un monumento que erige ante nosotros el espacio de un rito: sor Juana aparece, se ofrece en espectáculo y se aleja. La metáfora del sol al caer la tarde, iluminando desde un monte todo el llano y a punto de dejar el cielo, se aplica perfectamente a su posición en los dos cuadros… Sin embargo, esas pinturas no solo provocan nuestra admiración, sino que despiertan nuestra curiosidad: nos dejan entrever un secreto anímico y nos imparten una oblicua lección. En las dos versiones de su retrato, por más diversos que hayan sido los artistas que los pintaron, hay una oscilación entre la representación y la reserva. Los dos pintores confirman a sus poemas; al pintarla, pintaron la imagen ambigua de la seducción y el desengaño. Es el contraste barroco, no en el modo dramático sino en el melancólico, entre el ser y el parecer, resuelto en el desaparecer. La actitud y la mirada evocan el indefinible gesto de Narciso mientras ve cómo la corriente cambia su rostro y acaba por borrarlo. En un primer momento, la pasión por gustar; en seguida, la decepción del gusto. La sensualidad se torna melancolía y la melancolía se resuelve en soledad.

Esos retratos avivan nuestro deseo de conocerla: ¿cómo sería? Por sus escritos y por otros indicios la adivinamos vivaz, ingeniosa y juguetona, aunque atravesada por ráfagas de sombra … Imagen de la contradicción: fue expresión acabada y perfecta de su mundo y fue su negación. Representó el ideal de su época: un monstruo, un caso único, un ejemplar singular. Por sí sola era una especie: monja, poetisa, música, pintora, teóloga andante, metáfora encarnada, concepto viviente, beldad con tocas, silogismo con faldas, criatura doblemente temible: su voz encanta, sus razones matan”.

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