El cantar del profeta y el bandido, de Héctor Tizón

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El cantar del profeta y el bandido, de Héctor Tizón

“Mi cometido, o sea, contar mi vida de contraventor en relación con el trato que tuve con don Pelayo”, el profeta, el brujo, el mago, el charlatán, nos dice Rosendo López que hará.

Pero lo va entremezclando con historias, y es que “la vida es todo, señoras, lo caimo y lo sabroso, y unos cuentan y otros escuchan”.

[Y lo escuchan, que es un cantar sí, las señoras que quieren saber de don Pelayo; y, leyendo, nosotros le escuchamos. Y las historias se entremezclan y multiplican, porque nacen de su memoria, ahora ya viejo y entonces ya “tengo mi destino”, y “los recuerdos son salteados”, no es que esté “haciendo el papel del pícaro, ese que sospechando haber más cantidá de costillares asados no acaba nunca y salteándose en el cuento volvía para atrás porque decía acordarse”].

Son sus historias de contraventor y la de don Pelayo, “cosas de esta tierra, solitaria”.

[Esta tierra, la puna: “concubina del hombre”; “tan alta y levantada y vecina del aire”; “la copla dice estribo de plata para volar”, pero, “usted que ha visto la puna, dígame si no dan más ganas de acostarse, que de echar a volar”].

Tierra solitaria. “Tan sin hablar está uno que de repente cree que empieza a entender el habla de las peñas, del río, o del viento, del irracional. Sin vínculo, sin porvenir, sin puesto público, ¿qué podría diferenciarme de ellos? Por eso me sentí como animal”.

Sin vínculo, sin porvenir, pobre. Rosendo López se puso las ropas del bandido don Ubenceslado Corimayo, después de formar parte de la dudosa partida policial que lo perseguía, tras dispararse un tiro de la escopeta, caer muerto el bandido, dispersarse asustada la partida, quedar la mula que transportaba el cuerpo al lado de la de Rosendo, y solitario ir recorriendo la puna. Hasta llegar a un pueblo, y allí estaba y lo vio por primera vez al profeta, y al rato la policía que dispersó a todos creyendo a Rosendo don Ubenceslado. Canta aquel encuentro y los otros.

[Las enseñanzas de la tierra son ya tan sólo viejos escozores que no entendemos; mi mula me quiso hablar y luego cambió de voluntá pensando que no comprendería. Sordos hombres, lengua y música perdidas, silencio decimos por no saber oír; enemigos o distanciados también del viento, ¿dónde está la clave de los rebuznos, de los cloqueos, de los mugidos, de los aullidos y los relinchos?]

¿Y la clave de las personas, de la vida de las personas, de la vida de las personas pobres, de la vida de las personas pobres en la solitaria puna? Tal vez porque es pregunta sin respuesta, Rosendo se dijo, “Destino, vení no más”.

[Pero no sólo la tierra. También la historia hace a esta soledad, y esta muerte que ronda, y esta pobreza, y esta desesperanza. Después de su participación en la guerra esto queda cuando ya “la gente se había replegado en la desidia y en la derrota”].

Aunque, aún invocando al destino, algo decidió: ser contraventor, no bandido como Ubenceslado, no derramador de sangre. Y fue “ayudante mudo” de Cándida, que ayudaba a las niñas preñadas; y sepulturero; y “gobernador por un día”.

[“Ya ven, señoras, cómo les estoy contando mi vida al por menor”. Y es que, llega un momento que queremos, tenemos, necesitamos contar, cantar, nuestra historia, llena de historias, caimas y sabrosas].

Por un día, sí, “que es como decir un siglo, porque jornada y siglo, llanto de sinsabor o de contento, todo a la larga dura lo mismo: ya ven ustedes: yo, Rosendo López, el preso, vengo a ser -siendo falto de hacienda de escrituras y de nombramientos- tal libre y dueño como cualquiera”.

Y el Comisionado, letrado y honrado, al contrario, libre pero atado a sus obligaciones y al pueblo y resignado: “Todo es igual, como una piedra a la otra: vano dolor buscado; buscando un dolor, en vano; Dolor, Vanidad, Búsqueda”.

Aunque, “se detiene y piensa que seguramente, alguna vez, habrá consuelo … y los males, las pestes y los pesares se irán lejos”.

Pero [¿pero?], “abrió las puertas, colocó una silla a la entrada, sobre la calle y se puso a esperar”:

[Y mientras espera, mientras esperamos, podemos sentarnos a seguir escuchándolos. “¡Qué gran condición el arte de la palabra! ¿Qué tendríamos de los muertos si no fuese por las palabras? Las palabras son la burla de la muerte. Yo digo Runtuyoc y ahí está todo”].

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