ARTE Y LITERATURA. La coronación de la Virgen, el Greco. Ramón Gómez de la Serna

«Pintó vírgenes con miedo de ser vírgenes, ateridas de la fría clausura del cielo, y Cristos empavorizados por tener que asistir a tantos condenados irremisibles…

Cuando el Greco no levantaba al cielo los ojos de los seres pintados en sus cuadros, los dejaba atónitos, irresolutos, con la mirada perdida en la tragedia.

Las vírgenes del Greco son mujerucas toledanas, quizás la judía de la que se puede suponer que estuvo enamorado, monjas tímidas con un último rescoldo de mendigas, piadosas y caritativas damas de mucho manto, mujeres comprensivas de la maternidad ajena.

Grandes ojos, cara pequeña y boca chica y apretada. Vírgenes para conmover a las mujeres, para que las creyesen sus hermanas intercesoras, sus humildes confidentes, prontas a escuchar la mendicación de ellas las pobres y descorazonadas, con el candil apagado, con una verdurita para el puchero.

Como recordando las hermosas ‘Madonnas’ italianas, el Greco quiso pintar una virgen campesina, moza de pueblo, que resulta con la nariz respingona en cuanto se descuida en el escorzarse.

Prefirió esa simplicidad y esa ingenuidad de la Virgen para que resultase más imponente todo el coro de su alrededor y hasta los pliegues ardientes de las túnicas.

La Virgen está como sobrecogida de sencillez, asustada de trascendencia, empequeñecida por los reflejos.

Dispone, como siempre, de campos de cielo anchurosos y dilatados, y en ellos coloca a Jehová y a su hijo, y a la Virgen la asienta en colina de nubes».

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