ARTE Y LITERATURA. Nevermore, Gauguin. Mario Vargas Llosa

En su segunda estancia en Tahití, la nueva vahine, la nueva mujer de Paul Gauguin, Pau’ura, queda embarazada, tiene una niña, que muere a los pocos días de nacer. Paul, furioso y desolado, había visto el día que iban a bautizarla un cuervo, pájaro de mal agüero, lo recordó, buscó el poema sobre el cuervo de Edgard Allan Poe, Nevermore, “nunca más”, no lo encontró, decidió emborracharse, pero se encontró a Pau’ura, recostada. Se quedó admirado. Debía pintarla. Pintaría Nevermore.

“Este maravilloso cuerpo de piel mate, con reflejos dorados, de muslos tan sólidos, que se prolongaban en unas piernas fuertes, armoniosamente torneadas, no era europeo, ni occidental, ni francés. Era tahitiano. Era maorí. Lo era en el abandono y la libertad con que Pau’ura descansaba, en la sensualidad inconsciente que vertía por cada uno de sus poros, incluso en esas crenchas de cabellos negros que la almohada amarilla -un dorado tan recio que te hizo pensar en los oros desbocados del Holandés Loco sobre los que tú y él habían discutido tanto en Arles- ennegrecía aún más”.

“… le costaba un trabajo desmedido bañar su imagen en aquella luz declinante, algo azulada, en esa atmósfera de aparición, magia o milagro, que, estabas seguro, daría a Nevermore su sello, su personalidad. Trabajó con cuidado la forma de los pies, tal como los recordaba, distendidos, terrestres, los dedos separados, comunicando una sensación de solidez, de haber estado siempre en contacto directo con el suelo, de comercio carnal con la naturaleza. Y se esmeró en la mancha sanguinolenta de ese pedazo de tela abandonada junto al pie y la pierna derecha de Pau’ura: llamita de incendio, coágulo tratando de abrirse paso entre ese cuerpo sensual.

Advirtió que había una correspondencia estrecha entre esta tela y la que pintó de Teha’amana en 1892: Manao Tupapau (El demonio vigila a la niña), su primera obra maestra tahitiana. Esta sería otra obra maestra, Koke. Más madura y profunda que aquella. Más fría, menos melodramática, quizás más trágica; en vez del miedo de Teha’amana al espectro, aquí, Pau’ura, después de esa prueba, perder a su hija a poco de nacida, yacía pasiva, resignada, en esa actitud sabia y fatalista de los maoríes, ante el destino representado por el cuervo sin ojos que reemplazaría en Nevermore al demonio de Manao Tupapau … Al cuervo lo tropicalizaste: se volvió verdoso, con pico gris y alas manchadas de humo. En este mundo pagano, la mujer tendida aceptaba sus límites, se sabía impotente contra las fuerzas secretas y crueles que se abaten de pronto sobre los seres humanos para destruirlos. Contra ellas, la sabiduría primitiva no se rebela, llora o protesta. Las enfrenta con filosofía, con lucidez, con resignación, como el árbol y la montaña a la tempestad, las arenas de la playa a las mareas que las sumergen.

Cuando terminó el desnudo, amuebló el espacio en torno de manera lujosa, rica en detalles, con un colorido variado y sutiles combinaciones. Aquella misteriosa luz indecisa, de crepúsculo, cargaba los objetos de ambigüedad. Todos los motivos de tu mundo personal comparecían, para dar un sello propio a esta composición que era, sin embargo, inequívocamente tahitiana. Además del cuervo ciego, coloreado por el trópico, en paneles distintos, asomaban flores imaginarias, unas infladas siluetas tuberosas, bajeles vegetales de velamen desplegado, un cielo con nubes navegantes que podían ser las pinturas de una tela que recubría el muro o un cielo que asomaba por una ventana abierta en el recinto. Las dos mujeres que conversaban detrás de la muchacha tendida, una de espaldas, otra de perfil, ¿quiénes eran? No lo sabías; había en ellas algo siniestro y fatídico, algo más cruel que el demonio oscuro de Manao tupapau, disimulado por la normalidad de su apariencia. Bastaba acercar los ojos a la muchacha para advertir que, pese a la calma de su pose, sus ojos estaban sesgados: trataba de escuchar el diálogo que tenía lugar a sus espaldas, un diálogo que la inquietaba. En distintos objetos de la pieza -la almohada, la sábana- aparecían las florecillas japonesas que venían a tu pincel automáticamente desde que, en tus comienzos de pintor, descubriste a los grabadores japoneses del período Meiji. Pero, ahora, también en estas florecillas se manifestaba la ambigüedad recóndita del mundo primitivo, pues, según la perspectiva, mudaban, se volvían mariposas, cometas, formaciones volantes”.

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