
A partir de
El loco de Dios en el fin del mundo, de Javier Cercas
Aunque de entrada advierte que “soy ateo. Soy anticlerical. Soy un laicista militante, un racionalista contumaz, un impío riguroso”, la Iglesia Católica, el Vaticano mismo, le propone escribir un libro sobre el papa Francisco acompañándole a su viaje a Mongolia. Y aunque, advierte “soy un tipo peligroso”, el funcionario del Vaticano lo mira y “en su sonrisa había una sombra de burla”, y le dice: “créame: nos hemos informado sobre usted”.
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Y sí. Es que el tema de la fe -más allá de la figura del papa Francisco, los intereses geopolíticos de la Iglesia Católica, los vericuetos oficinescos del Vaticano, los horrores en público debate de los abusos sexuales y los escándalos financieros-, es lo que le mueve, desplazado a la filial preocupación por la católica esperanza de su madre de volver a ver en la otra vida a su marido muerto ya.
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Y a la pre- consideración de la fe como una busca de certeza y sosiego -que sí existe- son los propios cardenales y funcionarios los que le contraponen la fe como duda, angustia, incertidumbre. La fe como afirmación de que “lo imposible es cierto”.
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Llegar (¿volver kierkegaardianamente?) a esta otra definición de la fe (¿una para los comunes, otra para los iniciados?), lo permitiría la literatura. Con otra vuelta de tuerca a la vuelta de tuerca de la definición de la fe pre- considerada (¿volver lukacsianamente?): “La literatura es un instrumento de conocimiento: sirve para comprender… comprender no es justificar: es darse los instrumentos para no cometer los mismos errores. A eso nos dedicamos los novelistas; por eso, contra lo que predica la superstición literaria más extendida de nuestro tiempo, la literatura es útil. Eso sí: siempre y cuando no se proponga serlo: en cuanto se propone serlo, se convierte en propaganda o pedagogía, y deja de ser literatura -al menos, buena literatura- y deja de ser útil”.
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Pero esa comprensión alcanzada, ¿la alcanza?
Es que pronto se internará en la pedagógica prescripción de lo que Iglesia debería ser: misionera, para que “el amor de Dios” sea todo, y sea aquí, en esta tierra, en esta vida, en un remozado clericalismo acorde a nuestros tiempos que buscan sosiego individual; alejando los dogmas de fe -la otra vida-, pero lejos de la fe arriesgada -¡y vehementemente pedagógica!: con un mundo por conquistar- de los primeros cristianos; de la fe existencialista de Kierkegaard; de la fe herética de no esperar el reino de los cielos sino realizarlo en la tierra.
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A veces, también, la literatura es para reflejar la imagen de nosotros mismos que no queremos ver en el espejo; para afirmar -casi sin saberlo- lo que negamos, renovando, por ejemplo, los métodos pedagógicos.