
A partir de
Ensayo general, de Milena Busquets
Aquí, “intento recordar instantáneas de personas queridas”: su niñera, su abuelo, su -con mayor ambivalencia- madre, sus dos ex, sus dos hijos, ella misma -también.
Aquí, “a veces no hay que intervenir en las historias, sólo hay que dejar que ocurran”: ese reencuentro que no debía ser, esos amigos de la madre, esos escritores, esa tarea de escribir.
Aquí, todo puede ser agarrado al vuelo, de todo “supe al momento que lo iba a escribir … rescataría … siempre pasan una o dos cosas”: ¿meterse en el mar en esa diminuta playa de Cadaqués, deseando que no haya nadie? o “que fuese el mejor baño del verano”: una y dos cosas: una sucede, la otra es un deseo.
Para saber que aun estos recuerdos e historias [con sabor casi a enumeración borgeana escuchando de fondo a Joaquín Sabina], para todo escritor, una vez terminado el libro, “ha cruzado desiertos, ha librado batallas terribles y ha perdido cosas importantes en el camino”. Porque todo escritor, con el material que tenga, quiere escribir un buen libro.
Y “nada es garantía” que lo logre: “La gente más inteligente: no logra escribir un buen libro. La gente más divertida: no logra escribir un buen libro. Ni la gente más ambiciosa, ni la más trabajadora, ni la más entusiasta, ni la mejor conectada, ni la más organizada, ni la más culta, ni la más nada. No hay ninguna garantía de que nadie pueda escribir un buen libro. No depende de ninguna cualidad específica, ni de la cantidad de horas o años que le dedique. Y, sin embargo, la mayoría de los escritores estaríamos dispuestos a darlo todo por escribir un buen libro, nos morimos por escribir algo que valga la pena, que conmueva, que atrape, que interese, que trascienda, que atraviese los siglos o al menos los años. Pero ni todas las horas del mundo, ni toda la inteligencia, ni el tesón, ni las ganas, ni ninguna de las cualidades que en las profesiones no artísticas garantizan una buena vida le sirven a un escritor para nada. El libro más mediocre del mundo cuesta el mismo trabajo de escribir que el libro más brillante, el esfuerzo es el mismo, la voluntad también. ¿Qué puede hacer un escritor? Nada. Escribir bien: no es suficiente. Ser ocurrente en la vida real: no es suficiente. Ser intelectual: no es suficiente. Estar dispuesto a todo, a lo que sea, a vender tu alma al diablo: no es suficiente. Saber mucho de literatura: no es suficiente. Tener una buena historia: no es suficiente. Nada es suficiente, nada es garantía”.
Podría ser. Hay algo de misterioso que asombra, que fascina. Pero, tal vez, estamos en un período de historias instantáneas, y los tiempos reclamen historias épicas. Aunque es cierto, nada es garantía.