(8 de marzo) Las mujeres que escriben son peligrosas, 2

[Del libro “Las mujeres que escribe también son peligrosas” de Stefan Bollmann, estos extractos, como hacemos en nuestras Píldoras de la crítica, sólo para pensar, reordenados para este mes de marzo]

Si ya vimos

  1. El anonimato

Ruptura e innovación: un nuevo tipo de novela

Sigamos:

2. El “orden natural”, el orden patriarcal

Ruptura e innovación: un nuevo tipo de novelista

3. El “orden natural” interiorizado y su estallido

Ruptura e innovación: la irrupción en lo público

4. Ruptura e innovación: la propia vida como creación

2. El “orden natural”, el orden patriarcal

“La sociedad comprendía que los hombres hicieran del ansia de escribir una profesión. Las mujeres que alimentaban ese mismo deseo fueron en cambio durante mucho tiempo destinatarias de consejos del género del que un novelista le diera a Aurora Dudevant antes de que se convirtiera en George Sand: «Seré franco, una mujer no debe escribir… Siga mi consejo: no haga libros, ¡traiga niños al mundo!».

Aut liberi aut libri, los hijos o los libros: hasta la invención de la imprenta, la regla de la Edad Media cristiana establecía que quienquiera que deseara leer, incluso escribir (o, más bien, en la mayoría de los casos, simplemente copiar), debía encerrarse en un convento, porque ese era el único sitio donde habían de estar y se podían encontrar los escritos. Ante la creciente alfabetización de las mujeres, el lema, acuñado inicialmente por los monjes, servía de argumento barato para refrenar sus veleidades literarias. Los sermones que los hombres echaban a la mujer que escribía —Nietzsche habló más tarde en un tono malicioso de la «mujer de literatura»— retomaban siempre esa fórmula disyuntiva que excluía categóricamente cualquier vía intermedia, incluso en forma de compromiso. Esta exigencia desconsiderada que las obligaba optar por una de las dos cosas y que implicaba renunciar a la otra estaba además ligada a una imagen de la mujer de la que se deducía que ella debía siempre decidirse por la primera alternativa; cualquier otra actitud hubiera sido contra natura. La idea de que los hombres y las mujeres pertenecían a órdenes naturalmente distintos y que la confusión de sexos constituí una amenaza para ambos se mantuvo obstinadamente durante toda la época victoriana y la guillermina y hasta muy avanzado el siglo XX, y no ha perdido en absoluto vigencia en nuestros días … El hecho de que las mujeres que escriben son peligrosas y vivan peligrosamente se debe también a que se oponen al reparto tradicional de tareas entre los sexos — el hombre engendra y produce, la mujer recibe y da a luz— y cuestionan el privilegio de la creación que se atribuyen los hombres.”.

  • Ruptura e innovación: un nuevo tipo de novelista

“Cien años después de la tentativa de Jane Austen de esbozar una nueva imagen de la mujer de espíritu libre para elegir su propio destino, Virginia Woolf también formula su célebre reivindicación de una habitación propia para las escritoras y, en general, para las mujeres intelectualmente activas. Si se quiere lograr que las obras de las mujeres no sirvan prioritariamente de desahogo de sus propios sufrimientos y de vía de escape para sus sentimientos personales, será preciso modificar sus condiciones de producción: la independencia financiera, espacial y temporal ha de ser la base para el nacimiento de obras de arte independientes y autónomas. Habituados a esta entonces a jugar el rol de señores de la casa y a ser servidos, los hombres seguirían ciertamente a las mujeres si éstas comenzarán por dar prueba temporal y espacial de su independencia. Entonces, y solamente entonces, podría entablarse entre el hombre y la mujer el «diálogo más interesante, más estimulante y más esencial» que jamás haya existido. Lo nuevo de esta reivindicación fue el hecho de que se formulara abiertamente y el haberse convertido en una forma de manifiesto político. Porque ya había sido expuesta en una carta privada por la escritora norteamericana Harriet Beecher-Stowe, mundialmente célebre por su novela La cabaña del tío Tom. «Si se supone que tendré una actividad literaria, necesito una habitación separada», le escribió a su marido. Como muchas de sus colegas, Harriet había descubierto precozmente el placer que le deparaba la escritura, y su talento le había valido ya a la edad de veintidós años el primer premio de un concurso de cuentos. Pero en lugar de hacer de la escritura un oficio, se casó con un hombre que, como su padre y sus seis hermanas, era teólogo. A diferencia de las cuatro grandes escritoras del siglo XIX —Jane Austen, Emily Brontë, Charlotte Brontë y George Eliot—, de las que ninguna fue madre y dos se quedaron solteras, Harriet Beecher-Stowe tuvo siete hijos”.

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