Prometeo (el Prometeo de Kafka)

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Prometeo (el Prometeo de Kafka)

“Hay cuatro leyendas referidas a Prometeo”.

La primera, refiere al castigo recibido por “la traición” cometida contra los dioses: “encadenado al Cáucaso … y los dioses mandaron águilas a devorar su hígado”.

La segunda refiere al dolor del castigo: “aguijoneado por el dolor de los picos desgarradores, se fue hundiendo en la roca hasta hacerse uno con ella”.

La tercera refiere a la insignificancia de la causa: La traición, “los dioses la olvidaron, las águilas la olvidaron, él mismo la olvidó”.

La cuarta refiere a la insignificancia del castigo: “se cansaron de esa historia insensata. Se cansaron los dioses, se cansaron las águilas y la herida se cerró de cansancio”.

¿Entonces? “Solo permaneció el inexplicable peñasco”.

Y sin embargo, “la leyenda quiere explicar lo que no tiene explicación. Como nacida de una verdad, tiene que volver a lo inexplicable”.

No es el Prometeo de Platón, la sola condición de posibilidad de vivir, que no basta. No es el Prometeo de Robert Graves que rivaliza, desafía, se venga, da pero no toma. No es el Prometeo de Percy Bysshe Shelley que da todo sin tener nada, terminando todo en su contrario. No es el Prometeo de Esquilo que, aun sabiéndolo necesario, no destrona al tirano. No es el Prometeo de Mary Shelley que, usando ambiciosamente la razón apartándose de su naturaleza apacible, crea monstruos. No es el Prometeo que se enfrenta solo a sus propios demonios de André Gide. Es el Prometeo en el que no importan hombres, dioses, culpas, castigos, solo el mudo, indiferente, promontorio. Prometeo, tener todo y nunca alcanzar nada.

Ya no la búsqueda de una ciudad con moral y justicia de Platón. Ya no un desafío a la tiranía de Esquilo. Ya no la impotente rivalidad con el poder de Robert Graves. Ya no la decepción de las luchas de los iguales por igualdad y libertad de Percy Bysshe Shelley. Ya no las desesperanza de las promesas de la razón de Mary Shelley.  Todas acciones, aunque derrotadas, de una vida otra para todos. Ya no la aceptación de los demonios de cada cual, solos, librados frente a lo que nos devore a cada cual, de André Gide. Ahora, la indiferencia muda ante toda acción humana o divina.

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