Penélope y las doce criadas (El Ulises de Margaret Atwood)

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Penélope y las doce criadas (El Ulises de Margaret Atwood)

“Mi ilustre esposo. Dicen que me vio la cara de tonta. Ésa era una de sus especialidades: engañar a la gente. Siempre se salía con la suya. Otra de sus especialidades era escabullirse. Era sumamente convincente. Muchos dan por auténtica su versión de los hechos, salvo quizá por algún asesinato, alguna beldad seductora, algún monstruo de un solo ojo. Hasta yo le creía, a veces. Sabía que mi esposo era astuto y mentiroso, pero no esperaba que me hiciera jugarretas ni me contara mentiras”, rememoraba Penélope.

Sabía “de su sagacidad, de su astucia, de su zorrería, de su… ¿cómo explicarlo?, de su falta de escrúpulos”.

Sabía también de las muy variadas características de la astucia, que no hay de un solo tipo, de Ulises: “uno de sus grandes secretos para persuadir: sabía convencer al otro de que ambos se enfrentaban a un obstáculo común y necesitaban unir sus fuerzas para superarlo. Era capaz de obtener la colaboración de casi cualquiera que lo escuchara, de hacer participar a casi cualquiera en sus pequeñas conspiraciones”.

Pero no era solo astucias, mentiras, persuasiones.

Había algo más que astucia, ¿otras astucia de su astucia?, Ulises, tú, “tenías la lanza/ tenías la palabra/ tenías el poder”.

Además, oh ignominioso Ulises, “gozabas nuestro miedo”.

Pero no lo hacía por el goce cruento en sí, lo hacía porque derrocaba de ese modo el orden matrilineal (el menos veinte años de una mujer, Penélope, a cargo de sus bienes y fortuna) para instaurar o restaurar sangrientamente el orden patriarcal.

Allí, allí está la verdadera fuerza de Ulises.

No es el Ulises de la venganza justa, de Homero. No es el Ulises de la imposibilidad, alma pasajera, de Platón. No es el del atrevido desafío a los dioses, y su inevitable castigo, de Dante. No es el de la paradoja entre la idea y la acción, de Borges. No es el Ulises jefe dispuesto a todo por alcanzar la victoria, de Sófocles. No es el Ulises anciano, guía de los “fuertes en voluntad” que saben que “aún no es tarde para buscar un mundo más nuevo”, de Tennyson. No es el Ulises jefe político, frío, astuto, intrigante, que no logra más que degradar la política que opone a las ciegas pasiones, de Shakespeare. Es el Ulises que tal vez su mayor astucia sea ocultar que la fuente de su fuerza es la lanza/la palabra/el poder, contra las mujeres.

(Salamandra. Traducción del inglés de Gemma Rovira Ortega)

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